Proyectos

Escenarios afectivos

Y si el sueño finge muros
en la llanura del tiempo,
el tiempo le hace creer
que nace en aquel momento.
¡Ay, cómo canta la noche, cómo canta!
¡Qué témpanos de hielo azul levanta!

Federico García Lorca, Así que pasen cinco años (1933)

Que estos versos de Federico García Lorca den comienzo a este texto, no es casualidad. El motivo no se fundamenta en que José Monge Cruz, más conocido como Camarón de la Isla (el que diera un alcance mayor a estos versos) y Silvia Lermo compartan lugar de nacimiento (San Fernando, Cádiz). En el poema La Leyenda del Tiempo, el poeta granadino plasma (con gran maestría) el dilema o relación que se da en el binomio tiempo-sueño. En este binomio, además de estos dos grandes términos, influye una serie de innumerables aspectos relativos y variables mediante los cuales se construye (alejándonos de una terminología psico-científica) el recuerdo. El recuerdo entendido como un reflejo, algo velado y nebuloso, del pasado, proyectado sobre el lienzo aparentemente rígido del presente. El recuerdo entendido como vehículo para transfigurar en presente lo ausente. Y es esta idea, que gira en torno al recuerdo, la que subyace de forma latente en el trasfondo narrativo de Escenarios Afectivos, de Silvia Lermo.

Pero, ¿qué sería del recuerdo sin el sueño? En el trabajo de Lermo el recuerdo no es una simple fotografía del pasado (esto sería algo demasiado simple y evidente, superficial e inocuo). Silvia Lermo trata el recuerdo como una mirada dicotómica. En un primer término la mirada de aquella niña a la que las salinas donde trabajaba su abuelo se le antojaban montañas nevadas, montañas que deseaba escalar para después deslizarse hacia abajo. Aquella misma mirada con la que observaba el corral del Malapata (hermano mayor de Camarón), con sus ponis, gallinas, cabras… Con la misma que admiraba con idolatría a su padre (quien le inculcó el gusto por las artes) y a su abuelo (con el que pasaba ratos divertidos en las salinas). Con ambos mantuvo una relación especial y a ambos vio irse, en una primera persona del pretérito más imperfecto y trágico. A su abuelo, con apenas cinco años, quebrantando la calma de una alborozada infancia, con una última mirada que jamás olvidará. A su padre, que recién alcanzada la mayoría de edad y una vez pasada la voluble adolescencia, en una soledad fortuita pero no por ello menos dramática, vio irse mientras se aferraba, desoxigenado, a su mano.

En un segundo término encontramos la mirada presente de Silvia Lermo sobre sí misma y sobre todos aquellos momentos vividos. Aquí entra en juego un proceso, tan introspectivo como retrospectivo, donde la primera persona pretérita pasa a ser una tercera persona. Es en esta mirada donde el recuerdo transfigura la realidad tal y como se describió en el primer término del que ya hemos hablado. Y es en esta mirada donde lo onírico, lo imaginado o lo fantaseado colman los huecos que deja el olvido. En ocasiones incluso rebosando y mezclándose con el recuerdo que hasta el momento se mantenía intacto. Tampoco podemos olvidar el papel trascendental que tiene en todo este constructo lo sentimental. La felicidad de una infancia despreocupada y jaranera, que agarra con fuerza esos momentos más memorables y los guía en el trascurso de los años, haciéndolos presentes en momentos futuros y perfilando una sonrisa en el rostro adulto de Silvia Lermo. O aquellos momentos vividos desde el horror y la consternación que persisten y reaparecen al cabo de los años, volviendo a manifestarse desde la amargura y la nostalgia. Lo sentimental supone, por una parte, la argamasa que, de forma selectiva, fija los hechos en el tiempo, convirtiéndolos en recuerdos. Por otra parte, lo sentimental, lo afectivo, se impone como elemento que aporta coherencia y cohesión en los huecos vaciados por el olvido, conectando los recuerdos y dando lugar a un hilo dialéctico congruente que nos aleja de una incertidumbre sobre nuestro propio ser. Y aquí llegamos a la importancia capital del recuerdo, de la memoria: no entenderíamos nuestro presente si no entendiéramos nuestro pasado. En contraposición y para entender mejor esto podríamos poner el ejemplo del Alzheimer. Sin recuerdos, sin memoria, el ser humano deja de serlo.

Luego, para entender Escenarios Afectivos hay que comprender que es el modo con en el que Silvia Lermo intenta concebir su propio ser mediante la representación de su pasado e, inevitablemente, de sus sueños. En esta serie de trabajos, Lermo (como en gran parte de su trabajo) representa figuras masculinas que hacen alusión a los dos hombres más relevantes en su vida: su padre y su abuelo. Representaciones que no buscan un reflejo exacto de la realidad sino una encarnación emocional. Elementos figurativos que ejercen como significantes afectivos, aludiendo a recuerdos específicos y componiendo estas escenas donde se aúnan la memoria y los sueños de la artista. Inevitable es también la presencia de un simbolismo sutil, casi inapreciable. Y es que el simbolismo está rodeado de esa atmósfera difusa al igual que los recuerdos o que los sueños. Cordilleras nevadas, un caballo muerto, agua negra, tintes rosados en unas salinas donde la vida se vuelve imposible, una mano aferrada a la muñeca de otra mano, un fuego aciago… Elementos originados de lo disparatado (incluso de lo bizarro) del imaginario onírico de Silvia Lermo.

Y por último, no podemos olvidar que todas estas escenas están llevadas a cabo en acuarela. Es la técnica predominante en la obra de Lermo, ya que le permite, mediante la superposición de veladuras, conseguir una textura propia de un ambiente nebuloso, que no representa de forma fidedigna la realidad. Y así es como se ha construido Escenarios Afectivos, una exposición donde Silvia Lermo sigue afirmándose en un estilo propio, madurándolo y madurando ella junto a él.

Aquellos vientos

La pintura siempre fue el vehículo con el que me comunico con el otro y con el entorno. Y es ahí de donde partimos y a donde volvemos. El entorno. El hogar. La vuelta.
La sensación de volver a casa es universal. No importa de dónde seas, ni cómo. El regreso siempre te remueve de dentro afuera.

De ahí parte mi idea.
Y curiosamente es ahí a donde vuelve. Al regreso.
Para mí, mi entorno, mi hogar, siempre estuvo envuelto por el mar, salinas y marismas, que hacían que el viento que se movía a mi alrededor, me trajera momentos vividos. La sal forma parte de mi cuerpo. El salitre, por mucho que quiera, no se podrá desprender.
El regreso. Siempre soñamos con el regreso.
Mi intención es hacer que el espectador llegue a casa. Que se sienta resguardado. Que no busque ir, porque ya está.
Quiero que vean, que huelan y que sientan, que están en el sitio de donde vinieron. Y de ahí, subir conmigo en ese vehículo que es mi pintura, y viajar.
Viajar por los recuerdos, la infancia, la familia, los miedos, el primer amor… ¿Qué más da? Cualquier emoción que se cale en el entorno de donde fue.
Vengan conmigo.
Bajemos la ventana del corazón, y dejemos que entre el levante y remueva de nuestros adentros, las memorias de lo que fuimos.
Pasen y vean.
Pasen y huelan.
Pasen, y sientan.

 

         

 

Salitre

Guillermo Martín Bermejo

 

Salitre de Silvia Lermo.
Si te acercas mucho podrás ver unos pequeños grumos, como pequeños bultitos que sobresalen del papel que Silvia utiliza para sus acuarelas y dibujos a lápiz.
Si te acercas mucho podrás oír el sonido del mar y podrás sentir ese viento que se agita en Cádiz, ese viento que trae arena y sal. Los dibujos de Silvia son caracolas. Las paredes con salitre hablan. Son memoria que los hombres intentan tapar una y otra vez. Pero los recuerdos acaban floreciendo, acaban por poseerte. Algunos no saben qué hacer con esos recuerdos y les duele. Silvia ha encontrado en su pared los hombres con sombrero que dibujaba con su padre cuando era niña. Las montañas de sal donde trabajaba su abuelo. Como en un cuento de Adelaida García Morales, el sonido del acordeón tocado por el abuelo y el silencio lo impregnan todo.
Y la sal. Sombreros que no quieren mojarse, la niña con el lápiz y el papel, mirando cómo surgen sus primeras figuras. Figuras del padre y el abuelo convertidas en chicos silenciosos que no miran de frente, miran al mar, notan la sal en sus ojos llorosos. Y nosotros los miramos y nos reconocemos. El hombre y el muchacho se reencuentran, se extrañan uno en el otro. Pero Silvia les da cobijo, les explica el uno al otro. ¿Quién es quién en estos recuerdos? Eres tú misma, Silvia. No son tus recuerdos en sí, son nuevas experiencias. Y por lo tanto vida, pura vida. Todo es nuevo en tus dibujos y acuarelas.
Todo es nuevo porque ya no es pérdida, es encuentro. Y llorar contra el viento una mañana agitada mientras suena un acordeón en tu cabeza será el principio del tiempo. Tu tiempo, Silvia, me gusta porque lo “llevas”, no lo “pasas”. “Los sábados papá y yo nos llevábamos toda la tarde dibujando”, me dices. Y ese giro tan bonito del lenguaje, ese llevar, es tu carga. Llevas el tiempo contigo. Lo llevarás siempre en tus pinceles y en tu lápiz. En tus papeles, que cada vez son más profundos y más intensos. Más puros. Pero la carga en ellos desaparece y sobreviene la obra de arte. Así como Proust lo llevaba en un sabor, tú lo llevas en el salitre.
La sal lo va impregnando todo, la tarde y las horas. La madre te besa la frente y te sigue animando a seguir hacia delante. Ella que siempre ha estado a tu lado, ella que no es memoria. Ella es. Tú ahora coges la mochila y te vas, aunque siempre estarás con ella. Pues tu memoria es nueva todos los días, es arte.

Origen

¿Quiénes somos?
¿Por qué actuamos así?
¿De dónde vienen nuestros miedos e inseguridades?
Son preguntas que todos nos solemos hacer y que sólo podremos contestarlas si volvemos al ORIGEN. A través de la fotografía y la imagen en movimiento, pretendo que el espectador se haga esas preguntas y con ellas un viaje interpersonal en el que intente resolver esas cuestiones a través de mi obra.
Precisamente ahí, en esa conexión entre sujeto e imagen, ese yo interior que quiere relucir, de los ojos del que ve y de la acuarela que es mirada, irradia la idea de ORIGEN. Escenas comunes y objetos cotidianos se mezclan con las imágenes junto al desconcierto que toda persona puede sentir en determinado momento. «Ese miedo es mi miedo» Indagar. Encontrar. Buscar. Resurgir. Sacar. Experimentar. Acabar. Acabar. Acabar. Acabar con esa otra realidad en la que a veces vivimos.
Ese peligroso juego en el que no somos quien debemos ser. Esa dualidad manchada de acuarelas. Seamos valientes y empecemos a salir de esa inmersión en la que nos encontramos de la única forma que somos capaz de hacerlo, volviendo al Origen. El ORIGEN de mí. El ORIGEN de ti.